Historias de sangre y honor

Uno de esos monólogos aleatorios pero atrapantes que pueblan la película “El estudiante” recuerda el famoso duelo entre Hipólito Irigoyen y Lisandro de la Torre ocurrido el 6 de septiembre de 1897. El futuro presidente radical no tenía idea de esgrima, por lo que apenas alcanzó a prepararse con un profesor durante los días previos. Para sorpresa de todos logró herir en varias oportunidades a de la Torre, saliendo victorioso del encuentro. El derrotado usaría una espesa barba para ocultar las cicatrices hasta el día de su suicidio en 1939. Por su parte, Irigoyen se volvería fanático del arte del esgrima, disciplina que practicaría hasta su vejez.



Aquellas personas que sienten añoranza por un tiempo que no vivieron suelen referirse al pasado como una época en la que la gente “tenía más valores y códigos de honor”. Esta lectura romántica en realidad no contempla que el honor de los caballeros de fines del siglo XIX y principios del XX era en realidad puro orgullo de clase, una idea que ciertos aristócratas les refregaban en la cara a otros aristócratas cuando se sentían ofendidos. Y si bien en las clases populares los duelos también eran comunes (la literatura gauchesca está poblada de ellos), la concepción exaltada por la Historia es aquella defendida por las familias patricias y los dandis caprichosos. Esto dice bastante sobre cuál es la tendencia ideológica de los textos históricos que triunfaron en el imaginario nacional.

De todas maneras es lógico idealizar al duelo como una solución sensata a ciertos conflictos. Era un método que no solo proponía una celeridad que ayuda a evitar lentos procedimientos jurídicos, si no que también tenía sus propios reglamentos que fomentaban la idea de que, si se hacía de una manera “civilizada”, agredir o matar a otra persona por una discusión estaba bien. Por esto cada país tuvo su jurisprudencia al respecto, rigiendo el primer “Manual Argentino de duelo” en 1878. Allí se especificaba que las disputas podían efectuarse con espada (más popular) o pistola, que cada contrincante debía tener un ‘padrino’ que lo representara e hiciera los preparativos para el evento y que mujeres, niños, ancianos y enfermos no podrían ser parte la práctica. En total hubo más de 2400 duelos registrados en Argentina, la mayoría de ellos en los barrios porteños de Palermo y Belgrano, donde hace algo más de un siglo este ritual fue una moda comparable a la abrir una cervecería artesanal en la actualidad.

La literatura universal se dejó tentar por esta actividad en varias oportunidades. Quizás la más conocida es “El duelo” de Joseph Conrad. Esta historia de obsesiones y códigos de honor es una maravilla difícil de describir en palabras. Un agravio aparentemente sin importancia termina enemistando para siempre a los tenientes Feraud y d’Hubert, quienes se van enfrentando en una serie de duelos con las guerras napoleónicas como fondo histórico. La prosa precisa de Conrad, que genera una extraña sensación de nostalgia por un mundo que se desvanece, sirvió de inspiración a Ridley Scott para su brillante debut cinematográfico con “Los duelistas” de 1977.

Pero hubo escritores que no se quedaron solo en el plano de la ficción y no dudaron en tomar las armas para solucionar un desagravio. Es el caso de  Alexander Sergei Pushkin, genio precoz y prolífico que a pesar de su fama llevó una vida novelesca que lo llevó a un constante endeudamiento. Aunque los duelos eran ilegales en Rusia, el autor de “La hija del capitán” participó de varios a lo largo de su vida hasta el fatal 8 de febrero de 1837, cuando su cuñado, un francés llamado Georges D’Anthés que cortejaba a la esposa del escritor, lo hirió de muerte de un disparo en el abdomen. Aunque el poeta agonizó durante dos días, perdonó a su agresor en su lecho de muerte.

Debido a su particular naturaleza los duelos podían prestarse a extrañas estrategias. Antes de alcanzar el éxito con el pseudónimo de Hans Fallada, el alemán Rudolf Wilhelm Ditzen era un joven inseguro que no podía resolver la atracción que sentía por su amigo Hanns Dietrich von Necker, un sentimiento que era recíproco. Corría el año 1911 y la homosexualidad estaba lejos de ser socialmente aceptada, por lo que los muchachos decidieron poner en escena un duelo, creyendo que de esa manera podrían disfrazar lo que en realidad era un pacto suicida sin desprestigiar a sus familias. Todo salió mal ya que – ironía fácil - Fallada no falló, matando a von Necker. Este último había disparado al aire intencionalmente para no herir a su amigo, quien al ser consciente del asesinato cometido, intentó suicidarse con un tiro en el pecho pero de alguna manera logró sobrevivir. El futuro escritor cumplió una condena de un año y medio en varias instituciones psiquiátricas, donde desarrolló una fuerte adicción a la morfina y al alcohol. Una vez libre pudo formar una familia, aunque siempre estuvo perseguido por el recuerdo de aquel fallido duelo adolescente mientras mantenía una relación tirante con el Partido Nazi. Su novela más popular lleva el elocuente título de “Pequeño hombre ¿y ahora qué?”.

Alemán era también el grupo de synth-pop Propaganda, que tuvo su hit más notorio en los 80’ con un tema llamado “Duel” que realiza un paralelismo entre una pareja que se derrumba y un sangriento duelo. “El primer corte no hiere para nada / El segundo te llena de preguntas / El tercero te pondrá de rodillas / Tú comienzas a sangrar y yo comienzo a gritar” dice el estribillo. Teniendo en cuenta que desde hace décadas los duelos están prohibidos en casi todos los países, hoy solo pueden disfrutase en forma de canción bailable. 

Propaganda: "Duel"



Céline, el incorrecto


En el año 2011 el entonces Ministro de Cultura y Comunicación de Francia, Fréderic Mitterrand, se vio obligado a retirar el nombre del escritor Louis-Ferdinand Céline del panteón de personalidades importantes de la nación. Ya no habría homenajes oficiales para el autor que influenció a personajes tan indiscutibles como Samuel Beckett, Charles Bukowski, Henry Miller, Günther Grass, Irvine Welsh, Jim Morrison y a toda la Generación Beat. El antisemitismo del creador de “Viaje al fin de la noche” – expresado en una serie de panfletos durante la década del 30’ y 40' además de varias declaraciones públicas – provocó su exclusión del canon nacional a 50 años de su muerte. Su posición abiertamente colaboracionista durante los años de la ocupación nazi no ayudó a cambiar esta decisión.

El debate sobre si la personalidad reprobable de un artista debe ser juzgada en el mismo plano que su obra vuelve cada tanto para recordarnos los claroscuros del alma humana. Periódicamente aparecen artículos que nos señalan las simpatías de Jorge Luis Borges con las dictaduras latinoamericanas o la reprobable misoginia de Pablo Picasso, que no pocas veces se manifestó en violencia contra sus parejas. En esta época en la que exponer miserias de forma mediática es algo cotidiano, difundir los costados más ruines de personalidades consagradas sirve para tranquilizar la conciencia masiva, que así puede señalar culpas ajenas y evitar escarbar en las propias.

En este sentido Phillipe Sollers, biógrafo y defensor del polémico autor, tiene razón cuando dice “¿Céline colaboracionista? ¿Y el resto de los franceses?”. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, con Alemania derrotada, el escritor se exilió en Dinamarca mientras era condenado en ausencia por traicionar a su patria. Cuando volvió a Francia siguió escribiendo hasta el día de su muerte en un sentido literal: falleció en 1961, un día después de terminar “Rigadoon”, su última novela. Pero lo peor de todo el affaire es que su mala reputación terminó eclipsando su obra, pionera en señalar el sin sentido que caracterizó al siglo XX. Antes que el pesimismo y la misantropía fueran norma sus páginas ya los entregaban en abundantes cantidades.

Existe una tradición europea de “novelas de formación” que describen el periplo de un personaje extravagante a través de distintos hechos, los cuales muchas veces están basados en acontecimientos reales distorsionados desde una mirada satírica. En esta tendencia se inscriben creadores tan variados como Cervantes, Goethe y Swift. Céline retomó este esquema creando un anti-héroe que, a diferencia de sus antecesores (Don Quijote, William Meister, Gulliver), no persigue ningún objetivo edificante o de realización personal. Basta leer las apreciaciones de Bardamu, protagonista de “Viaje al fin de la noche”, sobre el patriotismo, las empresas coloniales, el trabajo en la línea de ensamble de EE.UU., los amores fallidos o la medicina para encontrarse con una cosmovisión que es puro desencanto. Si hay algo que hace que este universo sin esperanzas sea soportable es la prosa punzante del autor, capaz de extraer una extraña poesía en los momentos menos pensados. Como cuando una noche, durante la Gran Guerra, el protagonista desea que el enemigo lo atrape, ya que así será más afortunado que bajo la tiranía del general de su pelotón. “Tienen mucha suerte los caballos, ya que si bien padecen la guerra como nosotros, no se les pide que la suscriban, ni que tengan el aire de creer en ella. ¡Desdichados pero libres caballos! El entusiasmo, esa porquería, ¡por desgracia es solo patrimonio del hombre!” sentencia el hombre.

Los tiempos que nos toca vivir son complejos y contradictorios. Louis-Ferdinand Céline lo anticipó, entregando una obra y una vida acordes a esa sensación. Seguramente le habría divertido saber que su exclusión póstuma de los “500 íconos culturales de Francia” la ordenó Mitterrand, un ministro criticado por reconocer que practicó el turismo sexual en Tailandia. Pero más le habría entusiasmado que esa decisión dejó en 499 el número de homenajeados, una cifra irregular indigna de una acartonada academia. Eterno generador de incomodidades, no es casual que Allen Ginsberg, poeta de origen judío que lo admiraba profundamente, lo incluyera en su poema "Ignu", en donde define a esas personas que "viven solamente una vez y para siempre y lo saben". Céline sigue molestando a más de medio siglo de dejar este mundo. 

Meditaciones sobre el oficio de escribir

Bueno / niños / para empezar voy a preguntarles una cosa / ¿verdaderamente quieren aprender a escribir? / entonces mándense a mudar / vuelvan a sus casas / y empiecen a hacerlo de un vez.

Bueno / niños voy a entregarles unas fichas / para que las completen con sus datos / en la parte inferior / deben anotar el nombre de su poeta favorito / amigos no valen / parientes no valen / Don Quijote vale / King Kong vale / la emoción, la ternura, la compasión valen valen valen / la altura de la boca del poeta no debe superar el nivel del vertedero del oído de la gente.

Bueno / niños / en el reverso de la ficha / describan el alma / tal como la piensan / presten mucha atención con lo que hacen / porque a lo largo de los años / no harán otra cosa que escribir lo mismo / el alma adopta formas múltiples / puede ser un pronombre relativo / puede ser un gato blanco en la ventana observando una pecera / un vaso de agua de la canilla / mi alma por ejemplo / es como la linterna del acomodador / mi alma es como la linterna del acomodador / mi alma es como la linterna del acomodador / eso es todo lo que he escrito a lo largo de mi vida.

Bueno / niños / la literatura es un arma secreta / cada vez más desnutrida / según el último informe de las Naciones Unidas / de cada mil personas solamente leen dos / y yo / claro / que antes de salir por la mañana / después de afeitarme / cierro los ojos / y saco un libro de la biblioteca / cualquiera / en realidad antes de sacarlo / cuento hasta quince / para que tengan tiempo de esconderse.


Bueno / niños/ ahora vamos a hablar de los gajes del oficio / cada vez que se les ocurra una frase / escríbanla / la diferencia entre un escritor de verdad y otro cualquiera / es que el verdadero enciende el velador a las tres de la mañana / salta de la cama en calzoncillos / y escribe lo que acaba de soñar / supongamos que acaba de soñar con una mosca / entonces escribe pfffft / y se vuelve a dormir. Ese gesto amable y puro / equivale a siglos de existencia.

Daniel Salzano (22/05/41 - 24/12/14)

Literatura del cautiverio

“Costaba trepar los minutos todas las horas, las horas todos los días, los días todas las semanas, las semanas todos los meses, los meses todos los años. La realidad tangible no era vivible, vos no podés vivir sin ver un rostro, sin ver el sol o una estrella, sin hablar con nadie, sin leer un libro, comiendo como comíamos, entonces la realidad vivible era la de la fantasía y los recuerdos. Pero tenía sus riesgos, porque podías quedar empantanado que es lo que pasó con los compañeros. A mí me ayudó que era escritor y en vez de dejar que los fantasmas me atraparan, los atrapaba a ellos en una estructura dramática". Estas palabras pertenecen a Mauricio Rosencof, quien estuvo - al igual que otros nueve detenidos - encerrado en un calabozo individual de 2x1 metros, incomunicado, mal alimentado y con esporádicas sesiones de tortura durante la dictadura que controló Uruguay entre 1973 y 1985.

El escritor uruguayo tuvo la suerte de sobrevivir a su extensa reclusión, algo que no ocurrió con otros autores secuestrados por las distintas tiranías latinoamericanas. Junto a Eleuterio Fernández Huidobro dejó constancia de sus vivencias durante ese periodo en “Memorias del calabozo”, contribuyendo a un subgénero de fuerte arraigo en el siglo XX: el de quienes volcaron a las páginas su experiencia como prisioneros durante periodos de totalitarismo. De esta manera los textos en primera persona sobre cómo era la vida en centros de detención, cárceles clandestinas, gulags y campos de concentración son un material de consulta obligatoria para los historiadores, pero también se presentan como un desafío para quienes quieren adentrarse en el costado más oscuro de las conductas humanas.


















 La Segunda Guerra Mundial fue sin dudas el suceso histórico que más originó relatos autobiográficos sobre la experiencia de una brutal reclusión, influyendo inckuso a distintas ramas de la psicología. Ya antes de la finalización del conflicto, en 1943, el austriaco sobreviviente Bruno Bettelheim – futuro autor del influyente ensayo “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” – detalló en el artículo ‘Comportamiento individual y de masas antes situaciones extremas’ las consecuencias que la vida en un campo de concentración tenía en la personalidad de los prisioneros. Algo similar ocurrió con Viktor Frankl y su libro “El hombre en busca del sentido último”, en donde defiende la importancia de aferrarse a todas las experiencias vitales, incluso a las más dolorosas, para superar los obstáculos. Durante su paso por los campos de Theresiendstand, Auschwitz y Kaufering este vienés terminó de darle forma a las bases de la Logotarapia.

Pero serán apuestas más literarias, menos centradas en el análisis de la situación pero con un vuelo personal indudable, las que se destacarán del conjunto. Quizás por su forma poco ortodoxa de retratar los hechos, después de todo su autor era un joven profesor de química cuando fue deportado a los campos de exterminio, “Si esto no es un hombre” de Primo Levi no despertó demasiado entusiasmo en su primera edición de 1947. Salvo por un artículo positivo de Ítalo Calvino en un diario, la crítica no supo cómo responder a la mezcla de humanismo y brutalidad del libro. Con los años este título del autor de Turín se transformó en algo más que un testimonio, erigiéndose como un manifiesto contra toda forma de fascismo. El otro título inusual es “Sin destino” del húngaro Imre Kertész, quién eligió contar el año de vida de un adolescente prisionero en varios campos de concentración. Esta ficcionalización sobre hechos reales (el autor vivió en carne propia el terror de Autschwitz y Buchenwald) logra exorcizar su experiencia gracias a un tono de enorme originalidad, que expone cosas tremendas con una sutil distancia irónica: “También tuve la ocasión de conocer a fondo todo tipo de bichos. Las pulgas resultaban imposibles de agarrar, eran más rápidas que yo, claro, estaban mejor alimentadas”. 

Kertész se transformó con los años en una figura controvertida en Hungría por exiliarse en Alemania y criticar las medidas que el comunismo pro-soviético tomó durante las décadas siguientes a la guerra, sufriendo la censura por parte de las autoridades. Pero a la hora de narrar los castigos sufridos por los disidentes durante el stalinismo fue Aleksandr Solzhenitsyn quien se destacó, haciendo conocer la realidad de los gulags – el sistema penal de campos de trabajo de la U.R.S.S. – a todo el mundo. Siendo un oficial condecorado por su desempeño dentro del Ejército Rojo, su suerte cambió cuando en su correspondencia privada la inteligencia soviética encontró críticas puntuales a Joseph Stalin. Apresado por este hecho en 1945,  fue sentenciado a 7 años en distintos campos de trabajo y a un posterior periodo de exilio en una remota villa de Kazakhstan. Su experiencia durante dio origen a una serie de libros demoledores, entre ellos “El primer círculo”, “Un día en la vida de Ivan Denisovich” y el monumental “Archipiélago Gulag”. Al recibir el premio Nobel en 1970 dedicó palabras para sus compañeros de calvario, pero también mostró la desazón de salir a un mundo muy distinto del imaginado durante el encierro, un mundo “donde algunos lloraban lágrimas desconsoladas mientras otros bailaban al ritmo de un alegre musical”.

Porque si algo provoca la experiencia del encierro es la desconexión brutal con “el exterior”, siendo el mayor triunfo del carcelero y del torturador que el cautivo acepte su realidad y renuncie a todo tipo de resistencia.  En esa situación el poeta Paul Celan – otro sobreviviente del Holocausto – señaló:“Solo una cosa se mantuvo próxima y segura: el lenguaje. A pesar de de todo, el lenguaje fue lo único que se sostuvo ante tanta pérdida. Pero tuvo que superar toda la falta de respuestas, todo el silencio aterrador y todos los discursos asesinos. No me dio palabras para lo que estaba pasando, pero logró superarlo. Y finalmente resurgió ‘enriquecido’ por todo aquello”. Coincidiendo con lo dicho más arriba por Rosencof, las palabras parecen ser más resistentes que todos los barrotes juntos.    

Mundos menos peores

En su obra “La asamblea de las mujeres” Aristófanes ensaya una broma que luego fue repetida por muchos escritores y comediantes a lo largo de los siglos. Praxágora da un encendido discurso proto-comunista frente a las asambléistas: “Diré que es necesario que todos pongan sus bienes en común, que todos tengan su parte y reciban el mismo terreno; no es correcto que uno sea rico y otro miserable; que éste cultive una zona inmensa y aquél no tenga donde caerse muerto; que fulano tenga a su servicio numerosos esclavos y mengano ni un solo criado”. Cuando inmediatamente su ingenuo esposo Blépiro le pregunta “¿Y quién va a cultivar la tierra?” Plaxágora responde “Los esclavos”. Ya en la Grecia del siglo IV antes de Cristo ironizaban sobre la imposibilidad de un escenario utópico de tolerancia e igualdad social.

El uso y abuso de la palabra utopía muchas veces hace olvidar que en su etimología ya encierra esa naturaleza irrealizable. Cuando Tomás Moro acuñó la palabra a partir de los términos griegos ‘oú’ (no) y ‘τόπος’ (lugar) redondeó la misma idea que Aristófanes, aunque con menos humor. Y  ya en tiempos contemporáneos la difundida sentencia de Eduardo Galeano (La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja y el horizonte se aleja diez pasos más allá ¿Para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar) insiste en el mismo concepto, aunque compensa la posible frustración subyacente dándole un matiz esperanzador.

Cuando Moro escribió su “Utopía” en 1516  existía una tendencia a imaginar escenarios idealizados en los que la humanidad prosperaba en armonía. El Renacimiento – que trajo una novedosa mirada humanista en contraposición al oscurantismo reinante durante la Edad Media - les permitió a los intelectuales europeos  fantasear con mundos más justos, en textos que personajes como Nicolás Maquiavelo criticaron como escapistas, ingenuos e incluso mesiánicos. De hecho actualmente aún solemos usar el término ‘utópico’ de manera peyorativa.

Los otros textos utopistas clásicos son “La ciudad del sol” (1602) de Tomasso Campanella y “La Nueva Atlántida” (1627) de Lord Francis Bacon. Todos estos libros – que mezclan lo ensayístico con lo ficcional – tienen una fuerte impronta moral, algo no casual teniendo en cuenta el ambiente  religioso del que provenían los tres autores (católico Moro y Campanella, anglicano Bacon). Y si bien las raíces de sus ideas están en la tradición judeocristiana que plantea la existencia de un paraíso, a lo que se sumó la fantasía griega de las repúblicas ideales, sus trabajos siempre buscaron criticar la sociedad real y su coyuntura histórica.


Dentro de este particular subgénero literario “Cristianópolis” del alemán Johann Valentín Andreae, es una de las obras más delirantes de la época. El autor – pastor luterano y fundador de la polémica Orden de los Rosacruces – imagina con leguaje exaltado una ciudad regida por la abundancia, la erudición y la religión, pero además describe su funcionamiento urbano con gran detalle y espíritu profético. Basta con leer el segmento dedicado al alumbrado público: “No soportan la noche totalmente oscura, sino que la iluminan con linternas encendidas en diversos puntos. Su objeto es dar seguridad a la ciudad e impedir los cotorreos inútiles, pero también hacer las guardias menos hórridas, e incluso combaten de este modo el oscuro reino de Satanás y los engaños de las tinieblas, manteniendo presente la memoria de la luz eterna”. Párrafos como este son los que empujan a muchos teóricos a considerar la literatura utopista como antecesora de las modernas sagas fantásticas y de la ciencia ficción.

El pesimismo reinante durante el último siglo cambió el tono de los relatos que imaginan otros mundos posibles, dando origen al neologismo ‘distopía’, el reverso de la utopía. Lejos de las prístinas civilizaciones imaginadas por los escritores de siglos atrás, los autores contemporáneos (gente como Zamiatín, Orwell, Huxley, Le Guin, Dick y otros) describen en sus libros mundos totalitarios, donde los habitantes son controlados mediante la tecnología y la información. Aquellas utopías renacentistas hoy son apenas el testimonio de una época en la que soñar con un mundo mejor no era tomado como un ejercicio naive y edificante.

Ante estas ficciones desoladoras, tan fascinantes como aterradoras, solo los versos de Joan Manuel Serrat pueden ofrecer algún consuelo al plantear una utopía en cuarentena, esperando que los hombres vuelvan a abrazarla: “Quieren ponerle cadenas / Pero, ¿quién es quien le pone puertas al monte?/ No pases pena, / que antes que lleguen los perros, será un buen hombre / el que la encuentre / y la cuide hasta que lleguen mejores días. / Sin utopía / la vida sería un ensayo para la muerte”.



Literaturas de tierra adentro









"Hay escritores (y lectores) que juran que ser escritor y ser argentino es una especie de contradicción, y casi de imposibilidad. Sin ir tan lejos me atrevo a sospechar que ser porteño es uno de los actos más imprudentes que se puede cometer en Buenos Aires. Mejor dicho, de los actos que no se pueden, que no se deben, que decididamente no conviene cometer en Buenos Aires. La razón es clara: los porteños carecemos de encanto exótico y somos demasiados para el préstamo de socorros mutuos”. En 1937 Jorge Luis Borges intentó, con estas palabras, derribar la idea de una supuesta hostilidad de la capital hacia los autores de provincia.  El por entonces  joven escritor nombra a los que considera los autores argentinos más importantes de principios del siglo XX - Lugones, Capdevilla, Martínez Estrada y Carriego – señalando que se trata de dos cordobeses, un santafesino y un entrerriano. Y cierra el texto subrayando con ironía que los más importantes creadores de la poesía gauchesca (José Hernández, Estanislao del Campo y Eduardo Gutierrez) eran nacidos en la ciudad más poblada del país, lejos de los paisajes campestres que retrataron.


La vehemencia con la que Borges señala estas contradicciones lo hacen pasar por alto que unos pocos años atrás la enemistad literaria más conocida de la historia argentina se libraba con los bandos apenas separados por 50 cuadras. Boedo vs. Florida era un enfrentamiento que – además de ser exagerado por los cronistas de la época – consistía en dos grupos de escritores y pintores que se reunían en dos barrios de la misma ciudad. Estos hechos son los que quizás  provocan el recelo de muchos autores del interior del país, quienes deben optar entre emigrar a la Gran Ciudad para hacerse un lugar propio o intentar llevar adelante una obra personal en su lugar de origen, donde muchas veces también existen minúsculos Boedos y Floridas  enfrentados a muerte. En el medio está la necesidad de encontrar una voz distintiva, lo que empuja a muchos a exagerar estéticas localistas para diferenciarse de una tradición que mayoritariamente se decidió en los barrios comprendidos entre la avenida General Paz y el Río de la Plata. Para lograr esto no es necesario abusar de imágenes gauchescas o folklóricas.

¿Debe un escritor de provincia necesariamente escribir sobre su entorno y los problemas de su región? ¿O al hacer esto termina cayendo en el error de intentar complacer la dosis de exotismo telúrico que le demanda el establishment literario? Hay ejemplos de todo tipo. Uno inevitable es el de Juan José Saer, quien a pesar de vivir durante más de 35 años en Francia nunca dejó de escribir sobre los lugares en los que había crecido, construyendo una de las geografías - Santa Fe y el litoral lindante – más poderosas de la literatura en español. Algo similar ocurre con los entrerrianos Juan L. Ortíz en la poesía y Juan José Manauta en la ficción testimonial. A la lista de autores definitivamente ‘zonales’ se agregan las novelas rosarinas de Juan Carlos Martini y las entrañables galerías jujeñas de Héctor Tizón.

Sin embargo también hay una tradición de escritores cosmopolitas, que no sienten la necesidad de atar su obra al lugar de origen. El tucumano Hugo Foguet – marino mercante durante muchos años – es autor de magníficos relatos de altamar, en una tradición cercana a los aventureros del siglo XIX, sin ningún énfasis localista. Similar espíritu marítimo contagia al mendocino Danilo Albero en “Las variaciones Turner”. Y de la misma provincia cuyana era oriundo Antonio Di Benedetto, quien utilizó la imaginería rural y arcaica del interior para crear un espacio personal o “regionalismo no regionalista”, ajeno al tono pintoresco en el que caían muchos de sus colegas. Detrás de novelas “Zama” y de cuentos como “El caballo en el salitral” y “Aballay”, existió siempre una búsqueda universal que provocó que muchos académicos lo señalen como un adelantado a los mecanismos experimentales de la ‘nouveau roman’ francesa.
       
Este tipo de excepcionalidades son las que llevaron a Juan Sasturain a afirmar: No se puede decir que Di Benedetto es literatura mendocina. Como tampoco que Moyano es literatura riojana. Los tipos estaban ahí. Pero su visión es más audaz que las de los escritores de las grandes ciudades”. Ocurre que el caso de Daniel Moyano es mucho más complejo debido a su vida trashumante. Nacido en Buenos Aires, con una adolescencia cordobesa y una madurez narrativa alcanzada en La Rioja, el creador de “El monstruo” y de “Tres golpes de timbal” vivió sus últimos 15 años en Madrid. Todos estos lugares aparecen en sus narraciones, pero también aparecen otros sitios fantásticos, puramente salidos de su imaginación. En definitiva, un escritor de todas partes y de ninguna parte al mismo tiempo. "Yo creo que los escritores del interior - entre los que incluyo a mis amigos Haroldo Conti y Antonio Di Benedetto - seguimos fieles a nuestros estilo, que tiene que ver más con Rulfo que con Cortázar y Borges" dijo desde su exilio español. Todo esto nos conduce a algo parecido a una conclusión.

Aunque varias de las obras más conocidas de William Shakespeare – “Romeo y Julieta”, “Otello”, “Antonio y Cleopatra”, “Mucho ruido y pocas nueces”, “Julio Cesar”, etc – están ambientadas en Italia, el dramaturgo inglés jamás piso ese país. Su alma anglosajona estaba fascinada por el espíritu romántico y los paisajes mediterráneos de esa región y por ello construyó ficciones universales que utilizaban su geografía de un modo personal. Ninguno de sus contemporáneos criticó al autor por traicionar a su lugar de origen ni de lo acusó de extranjerizante. Quizás el lugar de pertenencia de un autor no tiene que ver con donde nació y creció, si no con aquel cosmos que va construyendo dentro de su obra, el que a su vez puede ser habitado por cualquier persona del mundo que lo lee. En definitiva, más allá de edificios, selvas, pampas y cordilleras, hay paisajes ilusorios que son los que indican realmente el anclaje de un autor. Y esa es la provincia que verdaderamente importa.     

¿Quieres ser D.H. Lawrence?

En un movimiento lleno de astucia comercial recientemente editorial Planeta decidió reeditar “El amante de lady Chatterley” de D.H. Lawrence con una tapa que imita la estética de las cubiertas de la saga “Cincuenta sombras de Grey”. Es que la reciente trilogía de E.L. James provocó un nuevo interés por la literatura erótica  que no tardó en ser aprovechado por los empresarios del libro. De pronto la legendaria colección “Sonrisa vertical” de Tusquets estuvo disponible apadrinada por el diario argentino de mayor circulación, mientras nuevos autores de dudoso talento intentan subirse al fenómeno. En el medio de todo los amantes de las obras clásicas del Marqués de Sade, Leopold Sacher Masoch, Anaís Nin y Henry Miller – todos fundamentales para el desarrollo del género – se agarran la cabeza.

Antes que el sexo y el erotismo garantizaran ventas millonarias y un escándalo artificial, escribir acerca de los actos íntimos era algo peligroso. Sobre todo durante el siglo XIX, cuando a la mirada siempre condenatoria de la religión se le sumó el conservadurismo de la era victoriana, una coyuntura poco favorable para el libertinaje inmoral (recordar el juicio y condena a Oscar Wilde). Sin embargo, a pesar de escribir con posterioridad a ese periodo, ningún autor demostró la profundidad crítica que podía tener la literatura erótica como David Herbert Lawrence. Al reflejar las consecuencias que la industrialización tuvo sobre las relaciones del naciente siglo XX y la crisis del matrimonio clásico, el escritor nacido en Nottinghamshire sufrió el menosprecio crítico y acusaciones de obscenidad, además de tener opiniones que lo empujaron a un exilio que él llamó “peregrinaje salvaje”.  

 Es que el hombre detrás de libros como “Mujeres enamoradas” y “La serpiente emplumada” era un manojo de contradicciones. Su relación con la alemana Frieda Freiin von Richthofen lo transformó en un sujeto sospechoso para sus compatriotas durante la Gran Guerra, mientras que al pisar la Europa continental fue acusado de ser espía británico. Estos sucesos fueron definiendo su destino nómade, algo que lo llevó a vivir periodos en Italia, Australia, Sri Lanka, Estados Unidos, México y Francia. Paralelamente frecuentó a algunos de los escritores más importantes en lengua inglesa como Ford Madox Ford, Katherine Mandsfield, E.M. Forster y Aldous Huxley.

Ideológicamente era también un hombre complejo. Siempre desconfió de la capacidad de las masas para gobernar de una manera justa – alejándose de los movimientos socialistas y anarquistas de la época – pero se mostró enormemente progresista en su mirada sobre los géneros y las relaciones sexuales. Los relatos de “Heroínas modernas” rompen muchos estereotipos de la época, con damas inteligentes que se permiten la sensualidad y el erotismo.  A diferencia de la tradición literaria que reinaba a principios del siglo XX, la femineidad en estas páginas está lejos del sometimiento y de cubrir un lugar secundario al lado de su par masculino.  Su retrato de la homosexualidad también fue de avanzada y en su correspondencia afirmó: “Me gustaría saber por qué casi todo hombre que se aproximó a la grandeza tendió a la homosexualidad, sea esta admitida o no”.

Cuando D.H. Lawrence murió en Francia a los 44 años en 1930 su reputación era casi la de un pornógrafo sin patria. Dos años antes se había publicado una edición fuertemente censurada de “El amante de Lady Chatterlay”, ya que la versión más explícita había aterrado a los editores. Todo esto no evitó que tanto en EE.UU. como en Inglaterra la novela fuera censurada acusada de ser una publicación obscena. Recién en 1960, en un juicio mediático que llegó a discutirse en la Cámara de los Lores, el texto fue autorizado para su edición integra en suelo británico. El hecho tuvo una enorme influencia en la cultura de la época, siendo todo un símbolo para la liberación sexual que se avecinaba durante los siguientes años.


El párrafo que abre la novela bien puede aplicarse a nuestra era: “Vivimos en una época esencialmente trágica, por eso nos rehusamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ya ocurrió y empezamos a buscar nuevas pequeñas zonas, a fundar nuevas pequeñas esperanzas. Es un trabajo demasiado rudo. No existe ahora ninguna ruta cómoda hacia el porvenir. Flanqueamos los obstáculos o nos deslizamos penosamente por debajo de ellos, Es necesario que vivamos, pese al derrumbe de tantos cielos”. El polémico escritor apátrida, tan denostado en vida, seguramente sonreiría al ver como su atrevimiento hoy es norma, arropado bajo una calculada maniobra de márketing.