Historia resumida de la persecución del ocio:

En Argentina la palabra “fiaca” es de uso común para designar ese desgano que invade a ciertas personas y las empuja a no querer realizar ningún tipo de esfuerzo. Se trata de un  término lunfardo derivado del italiano de origen genovés "fiacca" que significa pereza, falta de motivación. La famosa película de Fernando Ayala estrenada en 1969, con Norman Briski como protagonista, se ocupó de popularizar la palabra y de dejar en claro las consecuencias negativas – tanto sociales como laborales – de entregarse a la saludable vagancia.


La demonización del ocio en nuestra cultura tiene una historia larga y explica mucho del stress y de la presión que siente la clase trabajadora contemporánea. Con la ayuda de Karl Marx, Byung-Chul Han y el Gran Lebowski este video intenta polemizar al respecto sobre este tema que nos afecta a todos: 

¿Cómo se produjo la muerte de la vagancia?: 


Hermann Hesse, el primer orientalista



















A diferencia de otros países europeos - como España, Inglaterra y Francia – los intentos coloniales de Alemania fueron limitados fuera de su continente. Sus principales ocupaciones estuvieron en África (Togo, Camerún y las actuales Namibia y Tanzania), más una serie de territorios en los archipiélagos del Océano Pacífico anexados luego de la guerra franco-prusiana. Ese periodo colonial se extendió entre 1871 y 1918, cuando luego de la derrota en la Primera Guerra Mundial los germanos perdieron todas sus conquistas de ultramar. Por supuesto que, dentro de Europa, la historia es otra, ya que Alemania se mostró siempre belicosa con los países limítrofes. Esto se materializó de la manera más monstruosa con la llegada de Adolf Hitler al poder.

Es probable que esa lejanía con el resto del mundo, sumado a cierto espíritu hermético heredado de los antiguos pueblos bávaros de la Selva Negra, hiciera que los alemanes miraran las tierras lejanas con una inocultable idealización. Esto puede explicar la fascinación de muchos de sus intelectuales con el Lejano Oriente. Aún hoy la más respetada traducción del “I Ching” (Libros de las mutaciones) es la que hizo el misionero Richard Wilhelm en la década del 20’, mientras que su compatriota Alfred Doeblin, médico y escritor, fue pionero en difundir el pensamiento de Confucio en Occidente. Un extraño link entre el duro espíritu teutón y la búsqueda trascendental del budismo se tejió hace un siglo y aún tiene consecuencias.

En ese entorno Hermann Hesse, uno de los escritores más populares del siglo XX, también se sintió atraído por la filosofía oriental. Sus abuelos habían sido misioneros en Asia y al crecer recorrió la India, Sri Lanka, Indonesia, Sumatra y Borneo para satisfacer su curiosidad. Mientras tant el autor de “El lobo estepario” ganaba reconocimiento en el mundo germano-parlante, sobre todo durante el periodo de entre- guerras. Para el resto del mundo era casi un desconocido, por lo que pocos advirtieron que su narrativa estaba influencia por la tradición hindú. Ni siquiera al ganar el Premio Nobel de literatura en 1946 el autor logró una popularidad sostenida fuera de su país natal.

Todo cambió en la década del 60’, cuando los jóvenes empezaron a romper de una manera más radical con los valores de la generación que los precedía. La contracultura – y el hipismo en particular – vieron en libros como “Demian” y “Siddartha” relatos iniciáticos de autodescubrimiento, considerando a la obra del escritor alemán como una lectura obligatoria. Los editores se hicieron eco de esto y en poco tiempo todos sus libros fueron traducidos a multitud de lenguas, causando una verdadera ‘hessemanía’ que se estiró varias décadas. No es casual que esa generación contestataria, que manifestaba un fuerte interés por las filosofías orientales, se sintiera atrapada por esos personajes que abandonan su pueblo o familia para buscar su lugar en el mundo, en un peregrinaje que siempre los llevó a descubrir que su destino había estado al alcance de su mano sin que lo sospecharan. Este esquema está presente en las novelas citadas, pero también en estupendos relatos cortos como “El estrecho sendero” y “Cuento”. Hermann Hesse no llegó a conocer esta efervescencia alrededor de su figura entre los muchachos pelilargos y las chicas que hacían topless en Woodstock, ya que falleció en 1962.

Pero Oriente en las obras del autor no responde a esa mirada occidental que le atribuye propiedades mágicas a una cultura que desconoce. Se trata más que nada de un lugar metafórico que representa una búsqueda interna antes que un espacio geográfico.  El ejemplo más cabal es la nouvelle “Viaje a Oriente”, donde un misterioso Círculo de personajes se reúne para realizar no menos misteriosas actividades. Una de ellas es emprender un simbólico ‘viaje’ al este de Asia que es solo una excusa para que los protagonistas recorran sitios extraños con curiosos nombres, los cuales representan distinta formas de buscar la Verdad. En esta historia es el lector quien decide si se queda con el relato lineal de un viaje concreto  a tierras exóticas (género de moda a principios del siglo XX) o se adentra en la alegoría espiritual propuesta por el escritor, mucho más rica y sutil.

“Alemania corrompe todo lo que toca” dijo alguna vez Friedrich Nietzsche, echando por tierra su supuesto nacionalismo exacerbado. Y los hechos bélico-políticos de la última centuria  parecieran darle la razón. Sin embargo fue un grupo de escritores alemanes el primero en difundir las filosofías y mitologías orientales, mucho antes que estas fueran adoptadas de forma terapéutica por los burgueses estresados de este lado del mundo. Un interés solo explicable gracias a su profundo humanismo. 

Mil mesías

Hoy parece increíble que uno los primeros conflictos internos que vivió el cristianismo fue el enfrentamiento entre iconoclastas e iconodúlicos. Dicho de otro modo, entre los partidarios de la adoración de imágenes religiosas y quienes las destruían asegurando que la fe podía ejercerse sin necesidad de representaciones visuales. Así como dentro de la religión musulmana darle una forma gráfica al profeta Mahoma continúa siendo un tabú, los primeros cristianos prohibían la adoración de pinturas y esculturas de temática religiosa, ya que podían distraer la atención que debía centrarse en lo puramente divino. Cuando el emperador Constantino I se convirtió al cristianismo y lo impuso en todo el territorio romano favoreció el uso de imágenes para difundir la entonces joven religión. Unos siglos más tarde este enfrentamiento recrudeció cuando el emperador León III ordenó el retiro de las imágenes de Cristo y otros santos de su palacio. Corría el año 730. Como bien señaló el historiador del arte Ernst Gombrich “La Iglesia temía la idolatría, pero dudaba en renunciar a la imagen como medio de comunicación”. A pesar que la presencia de íconos en templos y hogares continuó creciendo estas discusiones duraron hasta bien entrada la Edad Media. 


Con el debate finalmente ganado por los iconófilos las imágenes religiosas se difundieron por todo Occidente y no solo dentro de las iglesias. Hay que tener en cuenta que - debido a que la mayoría de las personas no sabían leer latín - el uso de un soporte visual fue fundamental para la difusión del cristianismo. En este sentido es muy gráfica la frase de Martín Lutero, quien al impulsar la Reforma Protestante se manifestó contrario a las imágenes religiosas pero más tarde afirmó “Las imágenes son el Evangelio de los pobres”, consciente de la importancia que estas tenían para el adoctrinamiento de la gente. El resultado de todas estas polémicas también afectó al mundo de las letras y no solo porque la Biblia fue uno de los primeros libros que salieron de la imprenta de Gutenberg.   

 Las historias sobre personas de vidas libertinas que buscan redimirse, las figuras misteriosas que aparecen para ayudar a un grupo humano en problemas o las narraciones sobre viajeros que superan distintos obstáculos para descubrir el sentido de su periplo son arquetipos narrativos con fuertes raíces bíblicas. Estos aparecen en la literatura a veces de manera explícita, como ocurre en “La Divina Comedia” de Dante, “El Paraíso Perdido” de Milton o la obra de J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis (ver nuestros post “El Señor de los Conversos”), pero también en libros que a primera vista no parecen religiosos. Esto se ve en la literatura de autores tan distintos como Fiodor Dostoyevski, Pier Paolo Pasolini y Flannery O’Connor, los cuales pueden ser calificados como ‘cristianos atípicos’.  

Pero son las versiones revisionistas de los evangelios las que más polémicas despertaron al momento de su aparición, algo injusto si se piensa que muchas veces tienen la intención de humanizar la figura del Hijo de Dios o de problematizar algunos de los aspectos más cuestionables de una creencia que tiene más de 2000 años y hoy atraviesa una evidente etapa de crisis. Uno de los autores que más exploró esa historia fue el griego Nikos Kazantzakis. El autor siempre había tenido una relación conflictiva con la fe, debatiéndose entre un ateísmo de raíz nietzscheana y la necesidad de investigar hasta qué punto los escritos bíblicos marcaban su personalidad más allá de su escepticismo. Estas inquietudes lo llevaron a escribir “La última tentación de Cristo” durante la última etapa de su vida, una novela que fue incluida en el Índex de Libros Prohibidos por la Iglesia Católica. Luego de esta medida el escritor envió un telegrama al Vaticano con la frase latina “Ad tuum, Domine, tribunal appello” (Presentaré mi apelación ante tu tribunal, Señor), una forma decir que si existe un ente supremo será ese quien deba juzgarlo, no una institución mundana como la Iglesia.  Tres décadas más tarde, en 1988, las controversias volvieron cuando Martin Scorsese adaptó el libro al cine.

Mucho más crítico es el tono de “El Evangelio según Jesucristo” del portugués José Saramago, que se centra sobre todo en la vida doméstica del futuro Mesías durante su niñez y adolescencia. Audaz desde lo formal (el libro está escrito en tercera persona por un anónimo testigo y con un uso anómalo de la puntuación), lo más polémico de este texto revisionista  es la idea de lo demoníaco como algo presente dentro de Jesús, lo que lo transforma en un personaje ambiguo y torturado. Una vez más la Santa Sede se sintió ofendida por esta mirada, reprobando al autor incluso después de su muerte en el año 2010. El periódico católico L’Osservatore Romano dijo a modo obituario: "Un extremista populista como él, que se hizo cargo del porqué del mal en el mundo, debería haber abordado en primer lugar el problema de las erróneas estructuras humanas, de las histórico-políticas a las socio-económicas, en vez de saltar al plano metafísico y culpar con demasiada facilidad y sin mayor consideración a un Dios en el que él nunca había creído a causa de Su omnipotencia."

Abrazar el ateísmo no significa estar automáticamente afuera de la religión. Sus arquetipos y esquemas morales nos atraviesan todo el tiempo y son un filtro entre nosotros y el mundo. Más allá de toda herejía, estos autores se preocuparon por deconstruir los evangelios con espíritu crítico, provocando el descrédito de las autoridades eclesiásticas. Esta reacción es la mejor prueba sobre lo importante que es seguir retorciendo, rehaciendo y analizando estos discursos ancestrales.


Oda a la fantasía


"Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las mil y una noches. Tal vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos. El admirable Sueño del Aposento Rojo y hasta novelas eróticas y realistas, como Kin P’ing Mei Sui Hu Chuan, y hasta los libros de filosofía, son ricos en fantasmas y sueños”.


Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo en el prólogo de la Antología de la literatura fantástica.


Un video para disparar la polémica: El realismo no existe:




Viajando entre idiomas

Cuando en 1976 la nouvelle “The subterraneans” de Jack Kerouac apareció por primera vez en español lo hizo bajo el nombre de “El ángel de los subterráneos”, título que el traductor consideró misteriosamente más adecuado. La traslación era obra de J.R. Wilcock, escritor argentino que fue parte del círculo de la Revista Sur en su juventud y que llevaba 20 años de exilio en Italia al tiempo de la edición, por lo que quizás su dominio del castellano ya no tenía la solidez necesaria para la tarea. Cuando tiempo después la prestigiosa editorial Anagrama publicó su versión de “Los subterráneos” la prosa del autor beat se vio plagada de una metralla de españolísimos términos castizos. El pasaje del inglés al castellano  era nuevamente objetable, demostrando que la tarea de trasladar un texto a otro idioma es una construcción muy subjetiva. Algo similar ocurrió con escritores como Charles Bukowski e Irvine Welsh (ambos muy doctos en el uso de términos callejeros en sus libros), que nos llegan en versiones ricas en términos ibéricos como “pasma”, “tío” y “zopenco”, expresiones muy ajenas a los barrios bajos de Los Ángeles y Edimburgo, donde transcurren originalmente las historias.



La traducción es un tema de eterna discusión para autores, lectores y académicos. No es casual que nombre prestigiosos como Vladimir Nabokob, Walter Benjamin y Umberto Eco - en su voluminoso “Decir casi lo mismo”- se desvelaran meditando sobre los problemas y virtudes de una actividad tan polémica como inevitable. En un mundo donde existen al menos 6912 lenguas vivas el arte de volcar textos, diálogos y canciones a otro idioma se ha vuelto fundamental para acceder a conocimientos y expresiones culturales ajenas. Toda una gran contradicción de esta Maldita Babel, cuya fascinante variedad solo puede entenderse si se la modifica. Y esto último es inevitable ya que, como afirma el prestigioso traductor Rolando Costa Picazo “La traducción literal concebida como una correlación de palabra por palabra no es posible ni siquiera en lenguas de una misma raíz”.

Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y César Aira son los tres escritores argentinos más traducidos a otros idiomas y los tres tuvieron a la traducción como una actividad laboral en distintos periodos de sus vidas. ¿Casualidad? Es probable que el conocimiento de otras formas lingüísticas ejerza una influencia en la forma de escribir, empujando a un equilibrio entre lo local y lo universal que ayudó a trascender las fronteras a estos autores. También es necesario aclarar que esta tarea no siempre se centra en creaciones interesantes para quien la realiza. Un buen ejemplo es Cortázar, que mientras recordaba con felicidad la empresa de volcar al español la novela “Memorias de Adriano” de la francesa Marguerite Yourcenar sentía un hastío enorme frente a los solemnes documentos que debía traducir durante su empleo en la UNESCO de París. A pesar de esto el autor de ‘Bestiario’ siempre recomendó la profesión: “Yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tiene dificultades de escritura, si fuese amigo de dar consejos, que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura, y un día se va a dar cuenta que puede escribir con una soltura que no tenía antes”.

Desde luego que alguien volcado al ejercicio de la creación literaria dejará su impronta en el texto original, tomándose licencias de todo tenor. Es famoso lo que Borges hizo con “Las palmeras salvajes” de William Faulkner, tanto en forma como en contenido. Por un lado buscó atemperar el estilo barroco del autor norteamericano, cambiando la puntuación de distintos pasajes para hacer las oraciones más breves, y buscó sinónimos para evitar la repetición de palabras dentro de un mismo párrafo, un recurso intencional que era parte del estilo faulkneriano. Pero lo más curioso es su negativa a traducir las groserías. Cuando el protagonista de la historia exclama “Women, shit!” Borges solo incluye la palabra “Mujeres” en su versión, ejerciendo una pudorosa censura. Quizás esas acciones son las que empujaron a Javier Marías a considerar su traducción de “The Wild Palms” como malísima.

Es que en este conflictivo pasaje se da una lucha entre los dos idiomas – el original y al que se pretende volcar el texto  – que resulta en formas gramaticales que pueden ser molestas. En el libro “Traducir poesía” se menciona lo que hace Silvina Ocampo con un verso en apariencia simple de Emily Dickinson. La autora argentina transformó “Life’s little dutties do – precisely” en la extensa sentencia “Las pequeñas obligaciones de la vida – cumplo meticulosamente”, dejándose llevar por la sintaxis del español. Muchos críticos afirman que en estos casos conviene tomar la idea que el autor quería expresar y elegir otras palabras que no rompan demasiado con la métrica y economía de la escritura de origen. Y esto es algo importante cuando se habla de poesía, donde el ritmo y las imágenes son más importantes que lo narrativo.

Toda profesión tiene su Everest, su periplo intimidante, y para los traductores el “Finnegans Wake” de James Joyce fue durante casi 80 años el reto que nadie se atrevía a aceptar. El escritor irlandés dijo antes de morir que ese libro tendría a la crítica desconcertada durante décadas y no se equivocó. Su imaginería onírica, su estructura esférica de historias y personajes que aparecen y desaparecen cambiando de nombre sin explicación aparente, sumada al uso de alrededor de setenta lenguas distintas – desde las más extendidas hasta ancestrales idiomas hay casi perdidos – hicieron que sus 628 páginas se ganaran fama de intraducibles. Finalmente el bahiense Marcelo Zabaloy dedicó varios años a leer y releer el texto, ofreciendo una traducción que recibió tantos halagos como críticas (es “demasiado argentino” señaló un académico español). Lo seguro es que al menos Finnegan, el modesto albañil dublinés protagonista, no usa expresiones como “¡Esto mola, gilipollas!” en su intrincada jornada. Eso ya es un gran logro.


Historias de sangre y honor

Uno de esos monólogos aleatorios pero atrapantes que pueblan la película “El estudiante” recuerda el famoso duelo entre Hipólito Irigoyen y Lisandro de la Torre ocurrido el 6 de septiembre de 1897. El futuro presidente radical no tenía idea de esgrima, por lo que apenas alcanzó a prepararse con un profesor durante los días previos. Para sorpresa de todos logró herir en varias oportunidades a de la Torre, saliendo victorioso del encuentro. El derrotado usaría una espesa barba para ocultar las cicatrices hasta el día de su suicidio en 1939. Por su parte, Irigoyen se volvería fanático del arte del esgrima, disciplina que practicaría hasta su vejez.



Aquellas personas que sienten añoranza por un tiempo que no vivieron suelen referirse al pasado como una época en la que la gente “tenía más valores y códigos de honor”. Esta lectura romántica en realidad no contempla que el honor de los caballeros de fines del siglo XIX y principios del XX era en realidad puro orgullo de clase, una idea que ciertos aristócratas les refregaban en la cara a otros aristócratas cuando se sentían ofendidos. Y si bien en las clases populares los duelos también eran comunes (la literatura gauchesca está poblada de ellos), la concepción exaltada por la Historia es aquella defendida por las familias patricias y los dandis caprichosos. Esto dice bastante sobre cuál es la tendencia ideológica de los textos históricos que triunfaron en el imaginario nacional.

De todas maneras es lógico idealizar al duelo como una solución sensata a ciertos conflictos. Era un método que no solo proponía una celeridad que ayuda a evitar lentos procedimientos jurídicos, si no que también tenía sus propios reglamentos que fomentaban la idea de que, si se hacía de una manera “civilizada”, agredir o matar a otra persona por una discusión estaba bien. Por esto cada país tuvo su jurisprudencia al respecto, rigiendo el primer “Manual Argentino de duelo” en 1878. Allí se especificaba que las disputas podían efectuarse con espada (más popular) o pistola, que cada contrincante debía tener un ‘padrino’ que lo representara e hiciera los preparativos para el evento y que mujeres, niños, ancianos y enfermos no podrían ser parte la práctica. En total hubo más de 2400 duelos registrados en Argentina, la mayoría de ellos en los barrios porteños de Palermo y Belgrano, donde hace algo más de un siglo este ritual fue una moda comparable a la abrir una cervecería artesanal en la actualidad.

La literatura universal se dejó tentar por esta actividad en varias oportunidades. Quizás la más conocida es “El duelo” de Joseph Conrad. Esta historia de obsesiones y códigos de honor es una maravilla difícil de describir en palabras. Un agravio aparentemente sin importancia termina enemistando para siempre a los tenientes Feraud y d’Hubert, quienes se van enfrentando en una serie de duelos con las guerras napoleónicas como fondo histórico. La prosa precisa de Conrad, que genera una extraña sensación de nostalgia por un mundo que se desvanece, sirvió de inspiración a Ridley Scott para su brillante debut cinematográfico con “Los duelistas” de 1977.

Pero hubo escritores que no se quedaron solo en el plano de la ficción y no dudaron en tomar las armas para solucionar un desagravio. Es el caso de  Alexander Sergei Pushkin, genio precoz y prolífico que a pesar de su fama llevó una vida novelesca que lo llevó a un constante endeudamiento. Aunque los duelos eran ilegales en Rusia, el autor de “La hija del capitán” participó de varios a lo largo de su vida hasta el fatal 8 de febrero de 1837, cuando su cuñado, un francés llamado Georges D’Anthés que cortejaba a la esposa del escritor, lo hirió de muerte de un disparo en el abdomen. Aunque el poeta agonizó durante dos días, perdonó a su agresor en su lecho de muerte.

Debido a su particular naturaleza los duelos podían prestarse a extrañas estrategias. Antes de alcanzar el éxito con el pseudónimo de Hans Fallada, el alemán Rudolf Wilhelm Ditzen era un joven inseguro que no podía resolver la atracción que sentía por su amigo Hanns Dietrich von Necker, un sentimiento que era recíproco. Corría el año 1911 y la homosexualidad estaba lejos de ser socialmente aceptada, por lo que los muchachos decidieron poner en escena un duelo, creyendo que de esa manera podrían disfrazar lo que en realidad era un pacto suicida sin desprestigiar a sus familias. Todo salió mal ya que – ironía fácil - Fallada no falló, matando a von Necker. Este último había disparado al aire intencionalmente para no herir a su amigo, quien al ser consciente del asesinato cometido, intentó suicidarse con un tiro en el pecho pero de alguna manera logró sobrevivir. El futuro escritor cumplió una condena de un año y medio en varias instituciones psiquiátricas, donde desarrolló una fuerte adicción a la morfina y al alcohol. Una vez libre pudo formar una familia, aunque siempre estuvo perseguido por el recuerdo de aquel fallido duelo adolescente mientras mantenía una relación tirante con el Partido Nazi. Su novela más popular lleva el elocuente título de “Pequeño hombre ¿y ahora qué?”.

Alemán era también el grupo de synth-pop Propaganda, que tuvo su hit más notorio en los 80’ con un tema llamado “Duel” que realiza un paralelismo entre una pareja que se derrumba y un sangriento duelo. “El primer corte no hiere para nada / El segundo te llena de preguntas / El tercero te pondrá de rodillas / Tú comienzas a sangrar y yo comienzo a gritar” dice el estribillo. Teniendo en cuenta que desde hace décadas los duelos están prohibidos en casi todos los países, hoy solo pueden disfrutase en forma de canción bailable. 

Propaganda: "Duel"



Céline, el incorrecto


En el año 2011 el entonces Ministro de Cultura y Comunicación de Francia, Fréderic Mitterrand, se vio obligado a retirar el nombre del escritor Louis-Ferdinand Céline del panteón de personalidades importantes de la nación. Ya no habría homenajes oficiales para el autor que influenció a personajes tan indiscutibles como Samuel Beckett, Charles Bukowski, Henry Miller, Günther Grass, Irvine Welsh, Jim Morrison y a toda la Generación Beat. El antisemitismo del creador de “Viaje al fin de la noche” – expresado en una serie de panfletos durante la década del 30’ y 40' además de varias declaraciones públicas – provocó su exclusión del canon nacional a 50 años de su muerte. Su posición abiertamente colaboracionista durante los años de la ocupación nazi no ayudó a cambiar esta decisión.

El debate sobre si la personalidad reprobable de un artista debe ser juzgada en el mismo plano que su obra vuelve cada tanto para recordarnos los claroscuros del alma humana. Periódicamente aparecen artículos que nos señalan las simpatías de Jorge Luis Borges con las dictaduras latinoamericanas o la reprobable misoginia de Pablo Picasso, que no pocas veces se manifestó en violencia contra sus parejas. En esta época en la que exponer miserias de forma mediática es algo cotidiano, difundir los costados más ruines de personalidades consagradas sirve para tranquilizar la conciencia masiva, que así puede señalar culpas ajenas y evitar escarbar en las propias.

En este sentido Phillipe Sollers, biógrafo y defensor del polémico autor, tiene razón cuando dice “¿Céline colaboracionista? ¿Y el resto de los franceses?”. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, con Alemania derrotada, el escritor se exilió en Dinamarca mientras era condenado en ausencia por traicionar a su patria. Cuando volvió a Francia siguió escribiendo hasta el día de su muerte en un sentido literal: falleció en 1961, un día después de terminar “Rigadoon”, su última novela. Pero lo peor de todo el affaire es que su mala reputación terminó eclipsando su obra, pionera en señalar el sin sentido que caracterizó al siglo XX. Antes que el pesimismo y la misantropía fueran norma sus páginas ya los entregaban en abundantes cantidades.

Existe una tradición europea de “novelas de formación” que describen el periplo de un personaje extravagante a través de distintos hechos, los cuales muchas veces están basados en acontecimientos reales distorsionados desde una mirada satírica. En esta tendencia se inscriben creadores tan variados como Cervantes, Goethe y Swift. Céline retomó este esquema creando un anti-héroe que, a diferencia de sus antecesores (Don Quijote, William Meister, Gulliver), no persigue ningún objetivo edificante o de realización personal. Basta leer las apreciaciones de Bardamu, protagonista de “Viaje al fin de la noche”, sobre el patriotismo, las empresas coloniales, el trabajo en la línea de ensamble de EE.UU., los amores fallidos o la medicina para encontrarse con una cosmovisión que es puro desencanto. Si hay algo que hace que este universo sin esperanzas sea soportable es la prosa punzante del autor, capaz de extraer una extraña poesía en los momentos menos pensados. Como cuando una noche, durante la Gran Guerra, el protagonista desea que el enemigo lo atrape, ya que así será más afortunado que bajo la tiranía del general de su pelotón. “Tienen mucha suerte los caballos, ya que si bien padecen la guerra como nosotros, no se les pide que la suscriban, ni que tengan el aire de creer en ella. ¡Desdichados pero libres caballos! El entusiasmo, esa porquería, ¡por desgracia es solo patrimonio del hombre!” sentencia el hombre.

Los tiempos que nos toca vivir son complejos y contradictorios. Louis-Ferdinand Céline lo anticipó, entregando una obra y una vida acordes a esa sensación. Seguramente le habría divertido saber que su exclusión póstuma de los “500 íconos culturales de Francia” la ordenó Mitterrand, un ministro criticado por reconocer que practicó el turismo sexual en Tailandia. Pero más le habría entusiasmado que esa decisión dejó en 499 el número de homenajeados, una cifra irregular indigna de una acartonada academia. Eterno generador de incomodidades, no es casual que Allen Ginsberg, poeta de origen judío que lo admiraba profundamente, lo incluyera en su poema "Ignu", en donde define a esas personas que "viven solamente una vez y para siempre y lo saben". Céline sigue molestando a más de medio siglo de dejar este mundo.